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Sandra se encogió de hombros y comenzó a chismear sobre una vecina suya que yo había conocido el día que visité su casa. Manhattan en el estrecho de Florida. El arquitecto Philip Johnson hizo los diseños iniciales hasta que se dio cuenta de que había estado trabajando para la mafia y rechazó el trabajo.

Hoy, los muros de muchas de las habitaciones del Riviera se retuercen por la humedad desatendida. Visto desde la enorme alberca de agua salada, a la que diez dólares le compran a cualquiera un pase por un día, los cortineros rotos que cuelgan diagonalmente a la mitad de las ventanas le dan al hotel la apariencia de viejo bizco.

Pero en el lobby , la imaginación dibuja trajes de tres piezas y rígidas faldas de seda del pasado. Los sillones bajos de terciopelo coral y las mesitas en forma de tabla de surf con mosaicos opalescentes e incrustaciones de oro, todo bien preservado, invitan a fantasear sobre tiempos pretéritos.

Los lobbies eran lugares en donde uno podía olvidar los hoteles y las casas que se estaban cayendo por falta de mantenimiento, ignorar las burbujas de humedad en las esquinas de las paredes. Pero los hoteles y otros sitios turísticos —restaurantes, cabarets— era donde las jineteras se hacían notar por su incongruencia.

El Riviera era la ruta de Sandra. En el club, ahora llamado Copa Room, se contoneaba junto a un hombre y lo hacía sentir como si fuera el mejor bailarín del salón. Yo me sentaba con ella en su patio y miraba la telenovela brasileña de la noche en la televisión de su vecina, que arrastraba hasta el espacio compartido.

Yo calzaba Birkenstocks; ella, los tacones de punta. Yo me hacía la tímida cuando me pedía que le comprara un teléfono celular o me decía lo bueno que su medio hermano era en la cama. Una tarde quedé con Sandra en un parque de La Habana Vieja y, cuando empezó a lanzar indirectas de tener hambre, fuimos por una pizza a uno de los muchos restaurantes para turistas de la zona.

Manteles blancos manchados de aceite caían sin fuerzas sobre otros manteles de rojo encendido. Nos sentamos y, cuando fui al baño, llamó al mesero y le pidió un plato de aceitunas. Había estado comiendo como un caballo, dijo, orinando cuatro veces por hora, y tenía lo que parecía una llanta de repuesto: Aboo se va a morir, mi madre no me habla, y Gallego sale corriendo con cualquier cosa que traiga falda.

Como Sandra lo contaba, la suya era una historia apasionada como Jane Austen en el trópico, un empate favorable. Bong, quien tenía esposa e hijos en Italia, se quería mudar a Cuba para estar con ella, pero su jefe, quien había prometido dejarle su fortuna a Bong, no quería ni hablar de eso, de manera que se veían a hurtadillas. Pero los detalles eran confusos.

Cuando le pregunté que haría para conseguir dinero si se iba, respondió con desdén: Era una madre soltera joven con una educación de noveno grado y pocas habilidades vendibles. En Cuba, su bebé tendría garantizada la atención médica gracias a un sistema que presumía un récord loable; a pesar de la apariencia decrépita de la mayoría de los hospitales del país, las organizaciones mundiales de la salud mencionan que la tasa de mortalidad infantil de Cuba es mejor que la de Estados Unidos.

Su hijo aprendería a leer y Sandra al menos tendría garantizado algo de comida para sacarlo adelante los primeros años. Los planes de Sandra para el futuro eran como nubes sobre las que pensaba que podría caminar; la envolverían y entonces todo sería diferente. Los extranjeros abrían agujeros llenos de oportunidades: Sandra podría tener dinero, dormir en hoteles, comprar cigarros H.

Los sueños que Sandra imaginaba eran del tamaño de todas las habitaciones en las que había estado. Lo había visto pasar hacia su casa en la moto con una chiquita bonita colgada a sus espaldas. Ella registró a Gallego como el padre de su bebé en su carnet de embarazada, la tarjeta de identificación con la que una mujer en ese estado puede reclamar los beneficios del Estado. Ya le había comprado un rollo extra de gasa a una mujer que iba a usar desechables. No era una visa de salida, pero sí un avance.

Cada tantos días, ella y Yessica, una amiga, compraban doscientas tazas del yogurt que se vendía al menudeo en los supermercados de cucs por setenta y cinco centavos cada uno.

Le pagaron a un intermediario quince centavos por taza y luego recorrieron el barrio para vender los yogurts de puerta en puerta a tres por un dólar, duplicando así sus ganancias. Cualquiera que haya visto a Sandra y a Yessica empujar su carriola por las calles de San Miguel se hubiera sorprendido de que allí no había un niño regordete. Yo me había presentado en casa de Sandra, pero Aboo me había dicho que andaban deambulando.

Las encontré cerca de la avenida principal, batallando para sacar la carriola de uno de los hoyos que se abrían a lo largo de la calle. Yessica y yo nos hicimos cargo de la carriola, mientras Sandra se contoneaba por la banqueta, metiendo la cabeza en las puertas y las ventanas abiertas para decirle a la gente que estaba vendiendo yogurts a la mitad del precio de la tienda. Cada tantas puertas, alguien salía, le daba unos cuantos cucs, levantaba la cobija amarilla de encajes que cubría el asiento de la carriola y manoseaba el contenido en busca de los sabores deseados.

Sandra estaba apunto de dar a luz. En un momento anterior de su embarazo, cuando yo me había ido de La Habana y luego vuelto, Sandra me suplicó que le trajera crema para sus estrías. Cuando regresé, traje crema y vitaminas prenatales. Sandra torció sus ojos ligeramente rasgados. Cuando llegamos a la avenida principal, Yessica y yo nos quedamos en la banqueta con la carriola mientras Sandra entraba a los negocios —lavandería, cafetería, Banco Nacional de Cuba— para anunciar sus productos.

Si venía un policía, dijo Yessica con seriedad, yo debía inventar cualquier excusa y deshacerme de él. Una vez que la carriola estaba vacía, Yessica se la llevó de regreso a casa y Sandra me encaminó a la estación de autobuses.

Cuando hicimos pausa en una esquina para dejar que un camión diera vuelta, ella giró hacia mí. La sentí a mi lado, calibrando la respuesta mientras se estudiaba el largo cabello en busca de puntas partidas. El camión pasó y nosotras cruzamos la calle. Supe entonces que necesitaba volver a marcar los límites entre nosotras, y si eso significaba que me hiciera a un lado, extranjera y escritora y todo, de todas formas lo haría. Deseé que hubiera una parte de mí que quisiera decir que sí, o creyera que me lo había pedido por un sentimiento genuino, pero no la había.

El problema, le expliqué a Sandra, era que a pesar de la amistad que había surgido entre nosotras, todavía la estaba entrevistando de manera profesional. Sandra sacudió la cabeza y frunció los labios. Se rió y, tras un latido, asintió. D os días después nació Mia Jacqueline. En su primer día en casa, el día después del nacimiento de Mia, cinco niños del vecindario estaban jugando enfrente de la casa de Sandra.

Los niños las recogían: Pronto habían acumulado dos montañas enanas en las ollas que habían sustraído de las cocinas de sus madres. Un caballo flaco jalaba a un hombre por la calle en un carruaje hecho de tablones de madera en trozos.

Me senté en un escalón con una de las vecinas de Sandra, cuyo novio había ido a recoger a Sandra del hospital para llevarla a casa en su pequeño auto ruso. La vecina y yo fumamos cigarros y hablamos sobre sus hijos. Cuando el auto se detuvo, con Gallego cargando en brazos al pequeño bebé durmiente, los niños se apiñaron a su alrededor, dejando manchas con la forma de sus dedos en las ventanas. Sandra y Gallego salieron del auto con toda la facha de nuevos padres exhaustos.

Sandra cojeó por el callejón hacia su departamento, con los ojos borrosos. Le dolía todo, dijo. Todos los muebles de sus dos habitaciones que no fueran esenciales se habían sacado al patio que compartían con otras dos familias. Se había armado una cuna en el cuarto trasero sin ventanas, y los dos colchones gemelos que Aboo, Gallego y Sandra compartían por turnos se apilaron el uno sobre el otro para darle cabida.

Su padre en Florida había mandado una maleta con artículos de bebé y Sandra vendería lo que sobrara. Catorce biberones decorados con Winnie Pooh lamiendo miel de un jarrón posaban sobre la vieja lavadora que hacía las veces de barra de cocina cuando no era día de limpieza.

Me senté en la mecedora junto a Sandra. El bebé se retorcía sus rodillas. Ella había llenado su brasier con papel de baño y guardado un encendedor entre sus pechos hinchados, y me hizo señas para que le prendiera un cigarro.

Tomé la cajetilla de la mesa, encendí el cigarro y se lo pasé; ella mantenía una mano sobre el vientre y con la otra sostenía el cigarro. El gobierno cubano casi nunca daba papeles de salida para niños. Las consecuencias de este hecho no habían parecido reales, supuse, hasta que Sandra sostuvo a Mia en sus brazos. Ésta sería su vida, espetó: Mi presencia en su hogar de pronto se sintió cruel. Le di un sorbo a mi café, asentí con la cabeza y me escabullí después de unos quince minutos. P asaron unas semanas antes de que fuera a San Miguel de nuevo.

Aboo me hizo señas para que me metiera, rechazando mis ofertas de ayudarla a colgar los cuadrados de gasa que habían cortado para usar como pañales. Sandra estaba fuera, la bebé dormía en su cuna, y yo me senté a esperar. Había traído una bolsa de ropa vieja, ropa de niña herencia de la hija de Juan y Alejandra, quienes a su vez la habían recibido de amigos y vecinos. Un ejército de hormigas transportaban migajas del tamaño de una uña del pulgar por la pared lavanda.

El cuarto olía agrio. Cuando Sandra llegó media hora después, entró ajetreada al departamento, abrió su bolso negro de piel de imitación y me preguntó si quería comprar unos desodorantes ambientales. Negó con la cabeza y se apuró a hacer café.

Un amigo llega este fin de semana de España —es cubano pero vive en España— y me encontré a su hija por aquí la semana pasada. Por supuesto, dijo que Mia era hermosa. Es un bebé lindo, gracias a dios. Esta web es para mayores de 18 años. Utilizamos cookies técnicas para el correcto funcionamiento de la web. Edita tu banner Contrata tu espacio publicitario aquí. Morena de pechos ricos y culo respingon San Miguel de Abona. Una folladora juy linda guarra San Miguel de Abona.

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Su hijo aprendería a venezolanas tetonas fotos de prostitutas colombianas y Sandra al menos tendría garantizado algo de comida para sacarlo adelante los primeros años. Mia se despertó con un alarido y Sandra me pidió que la cargara mientras preparaba una botella. Cada tantos días, ella y Yessica, una amiga, compraban doscientas tazas del yogurt que se vendía al menudeo en los supermercados de cucs por setenta y cinco centavos cada uno. El lenguaje de una ciudad llena los espacios en blanco de lo que su gente quiere nombrar. El arquitecto Philip Johnson hizo los diseños iniciales hasta que se dio cuenta de que había estado trabajando para la mafia y rechazó el trabajo. Sandra estaba apunto de dar a luz, san miguel putas baile. NÚBIL SEXO CON PUTAS CULONAS